Somos un sistema abierto en comunicación constante con el entorno. Asimilamos y expulsamos. Existe un movimiento vital básico que encontramos expresado en la respiración o el latido del corazón que nos recuerda la danza de la vida (vida es movimiento). Fisiológicamente funcionamos en base a un mecanismo de acción/inhibición que se encarga, por ejemplo, de regular las secreciones hormonales, de neurotransmisores, jugos gástricos…

Así, desde la digestión, el movimiento de un músculo o las descargas neuronales todo funciona con un ritmo binario, como el de la respiración o el latido del corazón, en un equilibrio dinámico que hace funcionar correctamente los procesos vitales (fisiológicos, emocionales, psíquicos).

El mismo equilibrio se expresa desde lo microbiano a lo social. Por ello al diseñar modelos para el bienestar psicológico hemos de hacerlo con una perspectiva abarcante y holística; integrando la conciencia individual con la colectiva y planetaria hacia el macrocosmos y también hacia el microcosmos en las asociaciones simbióticas, que conforman un ser vivo como el humano (ámbito celular y colectivos de microorganismos, asociados en todo tipo de funciones orgánicas).

Un medio autorregulado, en el que predominan las interacciones simbióticas, facilita la supervivencia y el desarrollo de los seres que lo habitan. Cuando aparece un elemento desequilibrador aparece la molestia para avisar. Dolor, miedo, apatía, inflamación, tristeza... Y si no hacemos caso de la molestia/mensaje o simplemente la anestesiamos el desequilibrio continúa llevando a cronificar el deterioro.

A nivel celular hay un ejemplo dramático de esto; cuando hay una agresión (como toxinas, traumas, déficits nutricionales, etc.) aparece una reacción inflamatoria como parte del mecanismo de recuperación; si no desaparece el agente agresor la inflamación se cronifica y va destruyendo los tejidos al impedir la correcta nutrición y eliminación de desechos e interfiriendo en su capacidad de regeneración.

Entendemos fácilmente que viviendo en un entorno contaminado, con pocos recursos en lo material, afectivo, intelectual, se antoja difícil mantener una armonía y bienestar personal. Pocas personas discuten hoy que un entorno hostil y degradante es un factor clave en las “dolencias del alma”. De la misma forma, un medio intestinal en descomposición y con exceso de tóxicos y patógenos (disbiótico) genera un stress fisiológico que desencadena multitud de problemas psicológicos.

Ya el psiquiatra francés Phillipe Pinel (1745-1828), padre de la psiquiatría moderna, después de trabajar con pacientes con problemas mentales durante muchos años, afirmó en 1807: “La sede principal de la locura se ubica en la región entre el estómago y los intestinos.

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